La ciudad de las paredes silenciadas: entrevista a María Fernanda López

Dialogamos con María Fernanda López, curadora e investigadora del arte de calle, a propósito de la campaña de borramiento de las expresiones de arte urbano que el Municipio de Guayaquil ha emprendido. López reflexiona sobre la potencia que el arte de calle tiene frente a la coyuntura política y, en particular, revisa la incidencia de estas prácticas en la campaña a favor del NO en la consulta popular llevada a cabo el 16 de noviembre de 2025. Asimismo, ofrece su perspectiva para comprender por qué el graffiti resulta incómodo ante la mirada censuradora que surge tanto desde la institucionalidad como desde ciertos sectores sociales conservadores. 

Esta entrevista indaga en la naturaleza particular del graffiti en relación con el muralismo contemporáneo. Además, analiza el interés que ha suscitado este campo a partir de las investigaciones desarrolladas por estudiantes de la Universidad de las Artes. 

En redes sociales, la voz contestataria de López ha planteado una pregunta especialmente potente para pensar el borramiento del arte de calle en el contexto de la crisis que atraviesa la ciudad: ¿el graffiti es más peligroso que la inseguridad? 

¿De qué manera los muros se convirtieron en un espacio de disputa política y de memoria durante 2025?

Es importante considerar algunos hitos relevantes de 2025 en torno al arte de calle. El triunfo del NO en la consulta popular fue también un triunfo del arte de calle: de los muros que gritaron, de la organización de artistas gráficos, especialmente en ciudades como Quito y Cuenca. 

Fue el resultado de procesos organizativos de agrupaciones de base en torno al paste up, al muralismo contemporáneo y a la reflexión crítica desde los muros. Por ello, este hecho político debe leerse también como un triunfo cultural que le debe mucho al arte de calle. 

Durante 2025, los muros pudieron decir aquello que el gobierno callaba y aquello que los medios de comunicación han manipulado: la verdad sobre lo ocurrido con los niños de Las Malvinas, sobre las desapariciones, los crímenes de Estado, y las consecuencias posteriores a las asambleas populares y los paros nacionales. 

En ese sentido, resulta fundamental reconocer la carga simbólica de resistencia que tiene una gráfica que históricamente ha estado del lado de las bases de los movimientos sociales. Se trata de una gráfica en resistencia permanente, que funciona como un observatorio paralelo y popular de las políticas de gobierno. 

En una sociedad atravesada por la polarización y el auge de posturas conservadoras o reaccionarias, ¿por qué cree que el arte urbano resulta incómodo para ciertas autoridades políticas? 

El arte urbano resulta incómodo a la idea de la “ciudad cartón” o de la “ciudad postal”: una ciudad diáfana, limpia, aséptica, pensada para ser vendida principalmente al turismo y que busca silenciar las voces de los sectores excluidos. 

En Guayaquil existe el chapeteo1, una práctica que surge históricamente vinculada al fenómeno del pandillaje. Tradicionalmente, las manifestaciones de calle han sido satanizadas. Muchas personas apoyan los procesos de borramiento porque asocian el arte de calle con la violencia, como si se tratara de marcas de los grupos de delincuencia organizada (GDO). Sin embargo, este estallido cromático, gráfico y caligráfico en los muros de Guayaquil ha sido, en realidad, un estallido altamente controlado. 

El borramiento no ha dado tregua: se han eliminado alrededor de 300 metros diarios de intervenciones, y esto continuará. El arte urbano incomoda porque preferimos no ver la lo que les pasa a los otros. Queremos pensar que vivimos en una ciudad limpia, con seguridad, salud, educación y trabajo, pero esa no es la realidad para todos sus habitantes. 

Desde una perspectiva curatorial y de gestión cultural, ¿cómo deberían legislar las ciudades el arte urbano para favorecer su expresión, protección y preservación sin neutralizar su potencia crítica? 

La pregunta es compleja, sobre todo porque hablamos de arte urbano o, como prefiero denominarlo en términos epistémicos, arte de calle. 

Por un lado, está el muralismo contemporáneo, que cuenta con permisos, auspicios y respaldo institucional. Es un movimiento sólido en el país. En Guayaquil existen proyectos emblemáticos como la Bienal Haciendo Calle, el proyecto de Iván Casanova; Ciudad de Colores, impulsado en su momento por Gabriel Peña; o Explorarte, de Fabiola González. Actualmente, diversas plataformas producen muralismo contemporáneo con una amplia aceptación tanto del público como de la institucionalidad. 

Por otro lado, el arte urbano responde a otras consignas. No necesariamente reflexiona sobre lo identitario, sino que se manifiesta como una firma personal, una impronta gráfica del artista en la ciudad. Esto implica otras formas de negociación. 

Pueden otorgarse permisos para intervenir muros según la voluntad de los propietarios y el ejercicio —más o menos democrático— de la administración municipal, que debería garantizar el derecho a vivir en diversidad. Sin embargo, el graffiti, que es lo que más se está borrando, siempre será ilegal, efímero y anónimo. 

No es posible legislar sobre los brotes de graffiti vandal ni sobre las expresiones espontáneas de conciencia social en los muros. Lo que sí puede legislarse es el apoyo al arte urbano en general. El graffiti continuará siendo criminalizado, perseguido y penalizado. No existe una legislación positiva en torno a él; lo que existe es una estetización del graffiti cuando ingresa a museos o bienales, como ocurrió, por ejemplo, en la Bienal de Medellín, donde tuvimos la oportunidad de participar como jurado el año pasado.  

En términos de política pública, la legislación debería centrarse en el muralismo contemporáneo y en otras formas de arte urbano como el paste up. El graffiti, en cambio, seguirá siendo ilegal, efímero y anónimo. 

En su experiencia como docente, ¿cómo evalúa la recepción, el aprendizaje y el vínculo de las nuevas generaciones con estas prácticas artístico-culturales? 

Responder a esta pregunta también es complejo. A pesar de que la Universidad de las Artes tiene doce años de existencia, el número de tesis desarrolladas en torno al arte urbano puede contarse con los dedos de una mano. 

Resulta llamativo que, aunque muchos estudiantes sostienen inicialmente posturas críticas vinculadas al arte urbano, una parte significativa termina desarrollando propuestas funcionales a los intereses del mercado y a discursos curatoriales ya legitimados. 

Mi posición es más abyecta, marginal y periférica en relación con las manifestaciones culturales de comunidades urbanas y semiurbanas, así como con expresiones de la cultura urbana contemporánea, como el punk. 

En estos doce años, solo se ha graduado una estudiante de la Escuela de Artes Visuales con un proyecto directamente vinculado a esta línea: Rafaela Salazar (Rapank), quien presentó la exposición Busco en la basura algo nuevo. Prendas inconformes, centrada en la cultura y la gráfica punk. También se encuentran las propuestas de Adrián Ramírez (Desde la calle. Exploraciones pictóricas e infancias) y de Arelys Suárez, desde el muralismo contemporáneo. En total, hablamos de apenas tres tesis sobre arte urbano en más de una década. 

De algún modo, la academia tiende a absorber y a cooptar las dinámicas de investigación de los estudiantes, quienes llegan con intereses vinculados al graffiti o al muralismo y terminan asimilándose a los discursos académicos dominantes, pese a la existencia de una cátedra de arte urbano y de muros que expresan estas prácticas diversas. 

A estas experiencias se suman las tesis de Camila Calderón (Kitu Abyecto: Conspiración transurbana), vinculada al arte urbano en Quito, y de Yuri Espinoza (Blurred Education). Aun así, las investigaciones sobre arte urbano y arte público siguen siendo escasas. 

Existen, no obstante, estudiantes que continúan trabajando activamente en este campo, como Daniel Ochoa, Amy Jaramillo —representante de la nueva escuela de graffiti guayaquileño— y William Morse, coordinador del Club de Graffiti y Muralismo de la Universidad de las Artes. 

Esperamos que en los próximos años se consolide una reflexión más potente en torno al arte de calle, entendiendo que no se trata de pintar en un caballete, sino de ocupar los muros de la ciudad, del espacio público y también de la academia. Confiamos en que 2026 permita una mayor resonancia de estas prácticas. 

Cabe señalar que la Universidad de las Artes es sede del Grupo de Estudios de Arte Público Ecuador (GEAP Ecuador), en conjunto con el investigador Diego González, de la Universidad Técnica Particular de Loja. Este es un hecho inédito y aspiramos a convertirnos en sede internacional del Grupo de Estudios de Arte Público Latinoamericano en 2027. 

*María Fernanda López (MAFO) es directora de la plataforma Emergencias Curatoriales y docente titular de la Universidad de las Artes. En los últimos años ha desarrollado proyectos como Siempre efímeros, nunca sin memoria: 40 años de arte urbano ecuatoriano, presentado en el Centro de Arte Contemporáneo. Ha sido responsable de introducir el arte de calle en el Sistema Nacional de Museos desde 2007. 

Notas al pie

1. El  chapeteo hace referencia a una caligrafía urbana asociada con las pandillas de Guayaquil. Las pandillas crean su propia versión del alfabeto que funciona como un sistema de comunicación cifrado, que solo sus pares pueden comprender.