Al hacer un balance del 2025, el sector audiovisual ecuatoriano se presenta como un territorio en tensión: con iniciativas en curso, pero atravesado por dificultades estructurales. Para entender este escenario, el Observatorio recoge en esta entrevista la mirada de Rafael Barriga, director del ICCA, quien ofrece una evaluación del año, identificando avances, dificultades y los elementos clave que permiten analizar el estado del audiovisual en el país. Sus respuestas trazan un panorama donde el trabajo institucional y la organización del sector se enfrentan a la precariedad laboral, la fragilidad económica y los desafíos pendientes para consolidar una política pública.
- ¿Cómo cerró el año 2025 para el sector audiovisual? ¿Podemos decir que fue un buen año? ¿Qué elementos considera fundamentales para realizar esta evaluación?
Creo que los resultados son mixtos. Es evidente que la actividad audiovisual está latente y presente en la vida cultural ecuatoriana. Algunos filmes ecuatorianos han tenido un buen perfomance en las taquillas de los cines (“Chuzalongo”, “Viejos malditos”, “Los ahogados”…); los varios festivales importantes (EDOC, Chulpicine, Eurocine, Kunturñahui, Equis, Cámara Lúcida, Guayafest, entre otros) continúan teniendo mucho público y se desarrollan en varios lugares del país. A nivel internacional, “Hiedra” ha ganado premios muy importantes, incluyendo uno en el Festival de Venecia; “Eco de Luz” ha ganado también premios muy importantes en festivales y ha sido muy elogiada por el público y la crítica dentro y fuera del país. El festival EDOC estrenó nada menos que 21 películas ecuatorianas en su más reciente edición, y el film ecuatoriano “Mama” fue electo el favorito del público de aquel festival. Se siente que, cualquier momento, una película ecuatoriana va a romperla muy fuerte en el continente y en el mundo.
En estos mismos momentos, la Cinemateca Nacional está haciendo una corta retrospectiva de cine ecuatoriano con salas llenas. El programa Ibermedia acaba de beneficiar a varios proyectos de coproducción ecuatoriana mayoritaria y minoritaria con más de 300 mil dólares. Los complejos cinematográficos comerciales se siguen ampliando (actualmente existen más de 360 salas en 48 complejos a nivel nacional) y continúan su lenta recuperación desde la tragedia de la pandemia. Es decir, hay movimiento, iniciativa, producción. El cine continúa siendo parte fundamental de la cultura intelectual y de entretenimiento de los ecuatorianos.
Pero la crisis económica, social y política también ralentizan el desarrollo del cine y el audiovisual en el Ecuador. Esta actividad no es inmune, de ninguna forma, a lo que pasa en el país. Las oportunidades de trabajo para los técnicos y creadores son cada vez menores. Se filmó menos en el Ecuador de 2025. El sector de la producción audiovisual de publicidad reporta una caída importante (entre el 50% y 60%) de su actividad, principalmente por el decreto 850 del gobierno de Guillermo Lasso, en el que abrió las puertas a la publicidad audiovisual extranjera. Se reportan también quiebras y bancarrotas de empresas productoras de publicidad audiovisual.
Muchas producciones nacionales no salen de la precariedad. Los presupuestos pequeños, acotados al límite, frecuentemente no permiten la práctica profesional en su plenitud. Se cortan esquinas, se pide demasiado “acolite” de los técnicos, y muchos, presionados por esa precariedad, aceptan condiciones de trabajo ilegítimas.
Existen todavía muchos vacíos profesionales. No son muchos los buenos guionistas, y para algunas especialidades hay muy pocos profesionales. Muchos productores no saben cómo postular a fondos nacionales o internacionales, y ninguna entidad privada o pública se ha encargado de capacitarles.
La participación estatal en la actividad cinematográfica –compleja, fluctuante, irresoluta– ha comenzado un camino positivo en el 2025. De eso hablaré en las siguientes preguntas.
- ¿Cómo caracteriza usted el proceso de restitución del Instituto de Cine y Creación Audiovisual? ¿Cuál es su situación actual en términos institucionales (personal, procesos administrativos, instalaciones, entre otros)?
No ha sido un camino fácil, pero hemos logrado sortear muchas dificultades. Cuando fue restituido el ICCA, me encontré con la realidad de contar con 15 funcionarios. Para funcionar mínimamente se necesitan 32. El grueso de los funcionarios del IFCI fueron hacia el IFAIC, tal como estaba contemplado desde el inicio. El Estado no estaba, tampoco, en condiciones de financiar la contratación de los restantes 17. Tampoco había recursos en las arcas para operar con alguna normalidad. El futuro del ICCA estaba bastante incierto, para ser completamente honesto. Aquí quiero recalcar la oportuna acción de Romina Muñoz como Ministra de Cultura, primero, y luego como viceministra del Ministerio de Educación, Deporte y Cultura, que ayudó significativamente para que, en el momento de la absorción ministerial de Cultura a Educación, el ICCA pueda ampliar su nómina y contar con un pequeño fondo de operación hasta fin de año operar con normalidad. Su participación ha sido instrumental en estas fases iniciales.
Lejos de posponerse o cancelarse, los concursos públicos para el financiamiento de proyectos cinematográficos y audiovisuales continuaron exitosamente su marcha. El ICCA administra con total normalidad cerca de 90 convenios de fomento cinematográfico, y se apresta a distribuir, entre los ganadores de los múltiples concursos, de los últimos meses y aquellos previstos para los próximos meses, una cifra cercana a 3 millones de dólares, en 2026.
Hemos también aprovechado la fusión ministerial para hacer uso –gracias a un convenio con el MINEDEC– de dos pisos del antiguo Ministerio de Cultura de la avenida Colón en Quito, como base de nuestras operaciones. Podría decir que, seis meses después de la restitución, desde el punto de vista administrativo, financiero y hasta anímico, el ICCA es ya una entidad completamente operativa, que trabaja a altísima velocidad para recobrar los cinco años perdidos (2020 – 2025) en los que dejó de existir.
Y, al mismo tiempo, estamos acercándonos de vuelta al sector cinematográfico y audiovisual, a los gestores de muchos lugares del país. Estuve mucho tiempo hablando y escuchando con mucha atención a los gestores de las provincias, y he mantenido mucha comunicación con los gremios establecidos. El sector del audiovisual es diverso, multicultural y está en muchos lugares. Estas conversaciones han sido muy fructíferas para poder diseñar las nuevas líneas de fomento para el 2026 y 2027. Estoy muy contento de que el ICCA haya vuelto, y que pueda ser un facilitador de la actividad audiovisual. En 2026 vamos a entrar con mucha fuerza con una red de espacios de exhibición alternativos en múltiples provincias del país, y proveeremos de programación nacional cinematográfica a los programas curriculares y extracurriculares, a no menos de mil escuelas multiculturales del país, pues si hay algo que está faltando son nuevas audiencias.
Falta, naturalmente, una infinidad de cosas por mejorar, aumentar y gestionar. Esta es una institución que nació y se forjó desde el empuje de gestores cinematográficos de varias generaciones, que durante décadas han peleado por una institucionalidad, y solo puede ser coherente con la participación muy activa del gran sector del cine y el audiovisual.
- ¿Cómo caracterizaría la organización actual del sector audiovisual, particularmente en lo relacionado con sus estructuras de representación gremial?
Como he dicho, es un sector muy diverso y que tiene diferentes demandas y expectativas. Comparativamente con otros rubros de las artes y las industrias culturales, el cine y el audiovisual está relativamente mejor organizado. Existen asociaciones, corporaciones y colectivos formales, con directivos y miembros activos. Productores, directores y guionistas, técnicos, documentalistas, pueblos y nacionalidades, animadores, creadores de video-juegos entre otros, han creado, a lo largo de los años, cuerpos de organización funcionales. Esto lleva 50 años haciéndose, desde la creación de ASOCINE a fines de la década de los setenta. Quizás por la misma naturaleza colaborativa de la actividad cinematográfica, los cineastas han formado redes y organización. Sin esa organización histórica no hubiera sido posible que el Congreso Nacional de 2006 apruebe la ley de cine, o la creación del Consejo de Cine y luego el ICCA, o la aprobación del artículo 98 con beneficios para el sector publicitario, o luego la inclusión en la Ley Orgánica para la Transformación Digital y Audiovisual de los incentivos económicos para el sector. Todo esto se originó en el sector y su organización, y pudo ser realidad gracias a sinergias con diferentes niveles de autoridades.
Hoy, representantes del sector están instalados en los cuerpos colegiados que conforman el COSICA (El Comité Sectorial de la Industria del Cine y el Audiovisual, que emite los contratos para los beneficios de los Certificados de Inversión Audiovisual) y de la Comisión Fílmica (cuya reactivación se vuelve prioritaria). Faltan representantes del sector en el directorio del ICCA, pero esto solo puede ocurrir con una reforma a la Ley Orgánica de Cultura o con una nueva Ley de Cine y Audiovisual. Uno de los retos del ICCA, hasta tanto, es restituir en los primeros meses del 2026 al Consejo Consultivo que formalizará, de alguna forma, la participación del sector en esta institución.
Existen otras instancias de organización, y otros colectivos deberían también tener voz en la discusión. Lógicamente, no solo los colectivos formales hacen cine y audiovisual. Los documentalistas de Ayampe, los cortometrajistas de Guaranda, la red de cineclubes, entre otros… hay muchas formas organizativas que tienen que ser tomadas en cuenta.
- ¿Cuál es su opinión sobre la concreción del primer certificado de inversión audiovisual en el Ecuador? ¿Qué perspectivas abre este instrumento para el sector?
Completamente positiva. Los CIA (Certificados de Inversión Audiovisual) son, como lo mencioné, el producto de un trabajo largo de varios sectores del audiovisual, especialmente de los productores. La cosa parecía que no caminaba en momento que se reactivó el ICCA, que es el secretario técnico del Comité que gestiona los CIA. Fue nuestra prioridad, y la del Ministerio de Cultura en su momento, la de tratar de ir resolviendo el entuerto. Tomó mucho trabajo vencer todos los obstáculos legales, motivar a las partes estatales involucradas, acompañar de todas las formas posibles para lograr que se pueda concretar, con un primer contrato de inversión, estos incentivos fundamentales.
Naturalmente hemos encontrado eco en el Ministerio de la Producción, que ostenta la presidencia del COSICA, en el Ministerio de Finanzas, en el SRI, en la representante de la Presidencia de la República, en los representantes del sector, que también trabajaron duro y fueron piezas claves para desbloquear el proceso. ¿Qué viene ahora? Existe un techo presupuestario de casi 11 millones de dólares para los Certificados aprobado ya para el 2026. Existe ya un primer contrato que sienta precedente. Existe una campaña informativa de los varios actores del COSICA que amplifica los beneficios de los certificados y sus beneficios.
Me parece que esto brinda oportunidades interesantes, pero falta algo importante: reactivar la Comisión Fílmica, como complemento y sustento natural para atraer inversiones extranjeras en materia audiovisual en el Ecuador. Es nuestra próxima prioridad, pero se requiere un esfuerzo interinstitucional (GADs, Turismo, Producción, sector audiovisual ,entre otras entidades) que estamos, otra vez, dispuestos a gestionar.
- ¿Qué perspectivas existen, desde el ámbito normativo y legislativo, para el año 2026 en relación con el sector audiovisual?
Desde hace algunos meses la Asamblea Nacional, a través de la Comisión de Desarrollo Económico, Productivo y la Microempresa, ha tenido la iniciativa de discutir una “Ley de la Industria Audiovisual”. Un par de borradores fueron expedidos por la Comisión e incluso un informe para primer debate fue aprobado por el pleno. Nuestra primera respuesta a esta iniciativa fue de que no se podía hacer una ley sin la participación de los sectores del cine y el audiovisual. Entonces, el sector del cine y el audiovisual ha estado organizado –la Academia de Cine y Audiovisual del Ecuador ha servido de coordinadora de esta organización en particular–, ha participado en los debates de la Comisión y ha consolidado importantes respuestas a ese informe. Sentimos que una ley para la industria audiovisual debe ser relevante y debe servir a mejorar las cosas. De lo contrario será contraproducente. Que es una oportunidad para ampliar los ingresos del fondo de fomento, y de concretar los incentivos económicos. Que puede regular de mejor forma todos los aspectos de la actividad.
Le hemos pedido a la Asamblea que se pueda tomar el tiempo adecuado para consolidar todas estas necesidades; que una ley hecha al apuro no tendría los resultados deseados. Así que, en estos momentos, y durante estos primeros meses de año, una comisión del sector está consolidando, ordenada y organizadamente, los insumos que tienen que ser tomados en cuenta de cara a un informe para segundo debate. Soy optimista de que esto se logrará y podremos tener una buena nueva ley de cine y audiovisual en el 2026. Pero mi optimismo es mesurado, pues aquí dependemos de la motivación política de los asambleístas, y ese será un trabajo interesante y, ciertamente, complejo.
*Rafael Barriga (Quito, 1971)
Como realizador, productor y crítico de cine y audiovisual, dirigió “El secreto de la luz” (2014) junto con Mayfe Ortega sobre la obra de Rolf Blomberg. Es el director artístico de los festivales “Ecuadorian Film Festival in New York” y “La fractura del siglo”. Fue director de programación de Multicines y fundador, programador y editor de Ochoymedio.
Como gestor editorial ha sido autor y editor de numerosos libros sobre cultura, cine, historia e historia de la política ecuatoriana: “El ojo del siglo: 100 cineastas” (1996), “Velasco, retrato de un monarca andino” (2006), “El tiempo de Alfaro” (2010), “Verde, pintón y maduro: los 25 años de El Pobre Diablo” (2016) y ha dirigido el proyecto editorial y sonoro de “Más allá de la simple receta” de Franklin Tello Mercado. Durante 30 años, ha producido programas de radio.
