Arroz con venado para el rating

Nos parece pertinente replicar este artículo de opinión del cronista Santiago Rosero, pues  contiene reflexiones que atañen a la cultura y al patrimonio en tiempos de pandemia y de crisis ambiental global. Desde el observatorio siempre promoveremos las lecturas críticas a la labor de los medios de comunicación y a la conservación de los patrimonios del país.

Consideramos importante no dejar pasar, dentro de la coyuntura actual, un tema de discusión como el de los capítulos de la franquicia Master Chef en los cuales se promueve el consumo ilegal de carnes de animales en peligro de extinción.

Exhortamos a las autoridades a tomar cartas en el asunto, no para generar censura, pero si para garantizar el consumo y producción responsable de los contenidos que son ofrecidos a través de los canales de televisión abierta en el país.

Lee el comentario crítico de Rosero a continuación:

Arroz con venado para el rating

Un reality show de cocina tiene el derecho de ser más un tendedero de chismes y polémicas personales que un almanaque de sapiencia culinaria. No hay que ser ilusos: más venden, más trending topics generan las rabietas y los sollozos de esa fauna concursante en apariencia diversa e inclusiva, impostada según los artificios de lo políticamente correcto, que una sesuda inmersión en las tradiciones alimentarias de los pueblos, o que una reflexión (elemental, habría que decir) sobre la relación entre sostenibilidad ambiental y trabajo culinario.

A lo que no tiene derecho un reality show como Masterchef Ecuador es a pasar por alto que en este país (que es a cuyas audiencias está dirigido aunque se lo produzca en Colombia) existen normas, leyes, posturas (e incluso una falsa y equívocamente enarbolada conciencia sobre las honduras de los sistemas alimentarios) que van del sentido común y los principios individuales a los detalles técnicos y las disposiciones legales.

Los principios individuales y el sentido común (ineludible a estas alturas de la debacle ambiental) deberían haber motivado que la dirección del programa se preguntara si era adecuado proponer que los concursantes cocinaran venado, capibara, caimán y tiburón. Un esfuerzo mínimo les habría hecho saber que se tratan de especies silvestres cuya caza, salvo en el caso de prácticas culturales con fines de subsistencia de ciertos pueblos originarios, es ilegal, penada según el Código Orgánico Integral Penal y el Código Orgánico del Ambiente, y atentatoria contra el equilibrio de los ecosistemas. Y acaso una rápida revisión de noticias sobre pesca ilegal (¿Les suena los casos de los buques chinos en Galápagos?) habría señalado que tollo es el nombre genérico que se le da a varias especies de tiburón (incluidas el zorro, el diamante y el martillo) protegidas y cuya pesca está prohibida en Ecuador y varios países de Sudamérica.

Pero no, ese tipo de televisión no habla de conservación sino de rating. Lo exótico, dice el canon de la espectacularización, si no llega a ser creativo en manos de unos aficionados a la cocina, al menos tendría que ser cool.

La pregunta, entonces, es para qué. Pero eso tampoco se preguntan. Para qué proponer como “desafío creativo” del programa la preparación de carnes de origen ilegal que por fuera de los territorios donde constituyen sustentos de prácticas culturales jamás van a tener interés alguno; es decir que, en la vida real, en la práctica convencional de la gastronomía, jamás van a desarrollar una tradición, no estarán disponibles por las vías legales porque pese a cualquier imperfecto normativo existe un cuerpo legal que prohíbe su explotación, y porque es de esperar que, en el contexto de una pandemia cuyo origen se relaciona con el consumo de animales silvestres, prevalecerá la sensatez del cuidado sanitario. Dicho de otra forma, jamás se creará un mercado para los desatinos creativos de un reality show con tales carencias conceptuales. Dos berenjenas y cuatro tomates pueden bastar para, a un aprendiz de cocina, al concursante de un programa de televisión, e incluso a un cocinero profesional, retarlos a una verdadera contienda de creación.

La lógica pareciera señalar que, si no es la dirección del programa, deberían ser los conductores del show, chefs profesionales con prestigio y experiencia, quienes llamen al raciocinio. Tampoco ha sido el caso. Desde que se los elevó como dioses del Olimpo, los “celebrity chefs” parecen dividirse en dos ejércitos: el de los que, conscientes de su responsabilidad colectiva, aprovechan su poder de incidencia para hacer de la gastronomía un terreno de aprendizaje y enseñanza, de coherencia y acción, de lucha y solidaridad. Y están a quienes les seduce la farándula y conciben la producción de alimentos como se concibe la producción de neumáticos: transacción y capital.

No conozco a los jurados de Masterchef Ecuador y no pretendo encasillarlos, pero a la luz del caso en cuestión parece que desaprovecharon la oportunidad de utilizar su poder de incidencia (con una audiencia que semanalmente se cuenta por millones de televidentes) para decir algo sencillo: que las especies silvestres y amenazadas no debieron ser carnada de su show, no solo por el mensaje de normalización del consumo que el programa podía transmitir, sino porque por encima de las habilidades técnicas y las ambiciones experimentales de los cocineros, existe algo que se llama ética y que tiene que ver con el respeto y la conciencia del origen de los alimentos, asunto que suele relucir en sus discursos pero que se hace espuma en sus platillos.

Lo sostengo desde hace mucho: la sostenibilidad en la gastronomía ya no puede presentarse como una virtud especial que, a manera de eslogan, exploten unas pocas mentes despiertas. Debe ser, sencillamente, la condición sine qua non del trabajo culinario, sobre todo del de quienes detentan una voz y por lo tanto una responsabilidad. Lo contrario será, como se ha visto ahora, un espectáculo lamentable.

Fuente: https://www.facebook.com/794665522/posts/10165996442995523/?d=n

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