Vida, pasión y precariedad del periodismo cultural

Por Pablo Salgado.

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Foto: Imagen referencial de Pixabay.

Hace poco, el periodista español Jorge Carrión nos decía: “El siglo XXI exige al periodismo cultural dar importancia a aquellos ámbitos que van por delante de modelos y fórmulas obsoletas.” Lo cito a propósito del Taller de Periodismo Cultural: Panorama y Tendencias organizado por el Observatorio de Políticas y Economía de la Cultura de la Universidad de las Artes el pasado 9 y 10 de marzo donde Carrión habló en la inauguración. 

Como parte de este taller se realizaron dos mesas redondas donde participé junto a otros periodistas culturales reflexionando sobre el estado de los medios de comunicación y las coberturas de cultura, los nuevos formatos y el vínculo con la institucionalidad, la política y la economía.  Este valioso espacio nos permitió reflexionar e intentar responder varias interrogantes. Y en mi caso, hacerlo desde mi experiencia en el ejercicio del periodismo cultural en radio, televisión y medios impresos.   

¿En qué momento está el periodismo cultural? Sin duda, en uno muy malo. No solo el periodismo cultural, sino el periodismo en general. Los medios  de comunicación, como muchos otros sectores del país, están en una profunda crisis de contenidos y de credibilidad. Muchos de ellos, como nunca, están entregados a los intereses politicos y económicos de sus propietarios. Y esta entrega se refleja en sus páginas y en sus programas.  Los periodistas viven acosados por los despidos y los enormes recortes que dificultan el ejercicio de su trabajo. Además, se encuentran sumidos en la precariedad.  Y, como sabemos, centenares de periodistas, de medios públicos y privados, han pasado a engrosar el enorme porcentaje de desempleados. 

Ecuador es uno de los pocos países en la región en el que sus diarios de mayor alcance  casi no tienen secciones dignas de cultura. Las que han logrado mantenerse son cada vez más “light”.  Y lo que es peor, en el Ecuador no existe un solo suplemento cultural. El último, Cartón Piedra, murió el año pasado cuando empezó a desmantelarse El Telégrafo.  Casi no tenemos ya revistas culturales independientes. Muy pocas han logrado sobrevivir y apenas siguen en circulación dos o tres en Quito y alguna en Cuenca.  Como sabemos, las revistas son los espacios en los que emergen nuevos escritores, donde se genera pensamiento y se revelan las nuevas propuestas de nuestros creadores. Sin embargo, han surgido como alternativa varias y valiosas revistas digitales que intentan suplir esa ausencia para llenar, venciendo obstáculos y carencias, esos espacios vacíos. Han sobrevivido ciertas revistas culturales institucionales y, eso si, han crecido las revistas y publicaciones de las universidades.

En el Ecuador no hay un solo programa cultural en la televisión nacional. Tampoco hay un programa de cine, de libros y ni siquiera de música. Ese decir, no hay periodismo cultural en nuestra televisión. Solo hay farándula insulsa y fofa. Los informativos apenas si acuden a los boletines de prensa para reseñar, siempre de modo superficial, ciertas actividades casi siempre institucionales. Los medios de comunicación se empeñan en hacer todo lo posible por farandulizar la cultura; en convertirla, a través de la banalización, en coberturas de espectáculos para supuestamente subir el rating. Un perverso círculo que ha convertido a gran parte de la programación nacional en telebasura. 

No se han renovado las redacciones y por tanto continúan operando con las viejas y ya obsoletas estructuras y concepciones de coberturas de cultura. Apenas si hay cambios frente a la avalancha de contenidos de las nuevas tecnologías. No se han dedicado, como establece un básico manual del periodista, a cubrir fuentes en donde se genera una profusa actividad cultural. Sabemos que las más atrevidas y audaces propuestas artísticas no están en la institucionalidad; están en los talleres personales o en  coletivos urbanos y comunitarios, los lugares que nunca reciben atención por parte de los grandes medios. 

Esta falta de actualización de las estructuras  y la ausencia de responsabilidad cultural de los medios tradicionales se reveló claramente durante la pandemia. A pesar de que, en el confinamiento se generaron numerosas y diversas expresiones culturales que acompañaron el encierro, los medios las ignoraron. Los museos, centros culturales y otros espacios de cultura abrieron sus puertas para recorridos virtuales. Los músicos desde sus casas nos ofrecieron conciertos. Las editoriales liberaron los libros para ser leídos en las plataformas digitales. Los grupos escénicos se esforzaron por asumirse virtuales. Sin embargo, esto no se reflejó en los medios.  

La crisis económica y la pandemia aumentaron la precariedad de actores y gestores culturales. Esta precariedad que se reveló en varias encuestas como la del Observatorio de Políticas y Economía de la cultura de la UArtes, de la Universidad San Francisco, de la Asociación de Mediadoras Culturales de Quito, entre otras, que apenas si fueron acogidas por algunos medios alternativos. 

La mayoría de medios volvió a ignorarlos. De igual manera, la pandemia hizo aún más evidente la ausencia de políticas públicas para la cultura, la ausencia de un plan de reactivación del sector cultural y el abandono y quemeimportismo del Ministerio de Cultura. 

En el Ecuador hay un demanda de información cultural no atendida. En Guayaquil, Quito y otras ciudades se produce un enorme número de actividades culturales que simplemente son ignoradas por los medios tradicionales. El acceso a redes sociales han logrado recomponer este desinterés de los medios y ha permitido a los grupos y actores generar sus propias campañas de difusión y promoción. En algunos casos, de modo creativo y efectivo, que han logrado sintonizar con su público. 

No podemos olvidar que las redes sociales han conseguido prescindir del proceso de mediación de los medios y los creadores ya pueden informar directamente a sus seguidores. Un artista ya no necesita de esa mediación para lanzar su obra de arte. En el Ecuador y en el mundo, la pandemia aceleró ese camino hacia la virtualidad. Y los medios, incluso tradicionales, tendrán que asumirlo si quieren evitar una larga agonía. ¿Los impresos desaparecerán?. No. Pero tendrán que convivir como sucede con los libros. Pero solo sobrevivirán si se transforman y responden a las actuales demandas de los viejos y nuevos lectores. 

En la radio casi no hay programas de cultura. En Quito los contamos con una sola mano. Lo mismo en Guayaquil. No hay, como alguna vez escribía, voces informadas que puedan sostener diálogos inteligentes con los artistas en los “programas” de música, por ejemplo, que sigue siendo una molienda de canciones con géneros impuestos por las grandes productoras internacionales, marginando a los nuevos géneros y a los músicos independientes. Y por supuesto,  sin ningún sentido crítico.

¿Y los medios públicos? Lo que sucede con los medios públicos es bochornoso. Ejecutaron un plan de desmantelamiento con despidos de un gran número de periodistas, para convertirlos en mediocres oficinas de relaciones públicas del gobierno. Ruin e indignante. Es tarea del nuevo gobierno refundar los medios públicos como espacios plurales y, sobre todo, alejados de la injerencia gobernamental. Y también es necesario reformar la Ley de Comunicación, de tal forma que garantice a los medios públicos la independencia del gobierno de turno, y en donde prevalezca la calidad, la ética, y la responsabilidad con las audiencias. Es posible hacerlo. El programa semanal Expresarte que se emitió en cadena nacional entre el 2013 y 2015 es un buen ejemplo.     

¿Y la crítica cultural?  Peor. No hay espacios en los medios de comunicación para la crítica, ejercicio imprescindible en el quehacer artístico.  Cuánto se añora, por ejemplo, espacios como La liebre Ilustrada en El Comercio y en Hoy; Catedral Salvaje en el Mercurio, o  Matapalo en El Telégrafo. O la revista 7 días, o el propio Cartón Piedra. Y ni hablar de los diarios de otros países, en los que cada fin de semana se publica  información, reseñas, perfiles, crónicas y, por supuesto, crítica de arte. Basta recordar ADN del diario La Nación; Ñ de Clarín; Radar de Página 12.

Para suplir esta sequía desesperante, han nacido algunos blogs, o revistas digitales independientes generados por los propios artistas  como Sycorax, Elipsis, Paralaje o Máquina Combinatoria, entre otros, en donde se publican comentarios críticos, reseñas y creación aunque no para el gran público y sí para uno especializado.

Es importante entender que la cultura es un eje transversal que lo atraviesa todo: la economía, la politica, la sociedad, la vida. En la pandemia lo constatamos pero los medios nunca lo entendieron. Como ahora tampoco entienden  el rol de la cultura en la campaña electoral. Es más, no solo los medios de comunicación ignoran el tema de cultura y patrimonio, sino que los propios candidatos presidenciales consideran que estos temas no son relevantes porque no dan votos. Y constatamos que en sus programas de gobierno, la cultura, las artes y el patrimonio siguen ausentes.

¿En dónde están los nuevos formatos? Quizá la esperanza por un mejor periodismo pueda estar en los nuevos espacios digitales. Y digo quizá porque en algunos medios o digitales con buenos números de seguidores lamentablemente se reproducen los mismos conceptos e ideas de los medios tradicionales: mismos temas y mismos invitados. También, el fácil acceso a las nuevas tecnologías ha permitido que se multipliquen los espacios en los cuales se realizan diálogos o entrevistas con artistas de todo el mundo. Son espacios públicos y privados, que han surgido en la pandemia y poco a poco se disiparán.  

Con los nuevos medios digitales surge el tema de la sostenibilidad. Las tarifas publicitarias son muy bajas y no garantizan cubrir los costos. Por ello, la opción de financiarlos a través de la suscripción de los usuarios es la mejor alternativa. Sin embargo en el Ecuador este mecanismo aún no logra despegar. De ahí que varios medios digitales han recurrido a depender de recursos de ONGs internacionales, con lo que esto implica.

Las nuevas tecnologías ofrecen una gran oportunidad para que colectivos de comunicadores puedan configurar un nuevo esquema, creativo e innovador, para incorporar no solo nuevos formatos sino nuevos contenidos y nuevos lenguajes.  Y es la hora de los espacios colaborativos, de reunirse y generar comunidades de comunicadores que permitan suplir las carencias y las precariedades. Solo este esquema colaborativo permitirá darles sostenibilidad a los proyectos digitales que buscan ser innovadores, llegar a nuevos públicos y asumir con responsabilidad el trabajo periodistico. Y en este camino, Periodismo Público es un buen ejemplo.  

Así como los soportes han cambiado, también los procesos han cambiado. Tiene razón Jorge Carrión cuando, en la inauguración del taller, preguntaba ¿en dónde está lo que sucede en zoom diariamente? Las plataformas y las diversas aplicaciones -que nos permiten mantener, las 24 horas, reuniones, entrevistas y diálogos- son herramientas a través de las cuales podemos renovar e innovar los formatos -podcast, streaming, multimedia- y las coberturas culturales. Y de hecho, varios medios ya lo hacen. Pero no se trata de buscar “likes”, sino de mejorar y diversificar la información cultural. Tampoco podemos olvidar que hoy tenemos la posibilidad de acceder a información al instante o a datos que en otros años era imposible.  

¿En dónde están las historias? Como en todo periodismo, las historias están en todas partes. Detrás de cada obra y cada artista hay una historia. Creo que hemos perdido grandes oportunidades para contar historias en la pandemia, sobre la precariedad, los recortes y la ausencia de políticas públicas para la cultura. Los medios y mas aún las secciones de cultura no las han contado. 

No se han contado las historias que revelen esa precariedad de artistas sumidos en la desocupación y obligados a realizar otras tareas para subsistir.  ¿Acaso no hay una gran historia en un poeta que se ve obligado a comercializar cubetas de huevos? ¿O un reconocido y gran actor que debe dedicarse a realizar delivery en Uber?  ¿O acaso no son buenas historias las acciones aleccionadoras en quienes, sin perder el optimismo, lograron reabrir sus espacios culturales, abrir otros, o sostenerse a través de la virtualidad?  O preguntarse ¿qué pasó con los artistas populares del espacio público de las artes circenses, cerrados desde hace más de un año?

La pandemia acentuó la pobreza y no solo eso. La muerte sorprendió a una gran cantidad de artistas y gestores culturales que los medios ignoraron. Artistas que entregaron su vida por la cultura, por ejemplo, el rockero Diego Brito, quien dedicó sus mejores días a devolverle al sur de Quito un festival durante casi 40 años y a recuperar los espacios públicos para la música. O el gestor, poeta y compositor Juan Ruales en Imbabura, cuya muerte por el virus no s emencionó en ningún medio. Y así otras 40 historias que se perdieron. 

¿Y cómo está la cobertura de cultura relacionada con la política y la economía? Tenemos cifras, encuestas e indicadores generados por distintas fuentes y por el propio Ministerio de Cultura, pero no hemos ahondado en ellas. Tenemos insumos valiosos pero lamentablemente no han logrado despertar el interés de los medios. Al final, la precariedad de artistas y creadores poco importa. 

El INEC acaba de entregar cifras sobre la situación del empleo y la pobreza y son devastadoras. Pero los medios no han hecho el esfuerzo de desglosarlas y mirar que solo 3 de cada 10 ecuatorianos tiene empleo adecuado o que la pobreza llega al 32% y la pobreza extrema al 14%. Las cifras revelan la dificil situación de la mayoría de ecuatorianos y por tanto de artistas y gestores pero los medios mas bien intentan ocultar esa realidad precisamente por ese vinculo de los dueños de los medios con el gobierno y los grandes grupos empresariales. 

Tampoco los medios fueron capaces de confrontar la propuesta de la llamada “economía naranja” -el concepto neoliberal de la economía de la cultura- impulsada por el ex Ministro de Cultura y ex candidato Juan Fernando Velasco. Los medios solo alcanzaron a quedarse con el eufemismo de “emprendedor.” El mismo “monito emprendedor” que mencionó el Presidente Moreno. Como si en plena crisis económica y pobreza extrema habría espacio para que los artistas se vuelvan “microempresarios.” Mas aún cuando, en Ecuador, el 83% de los negocios que se emprenden fracasan. No terminamos de entender, ni periodistas ni artistas, sobre las consecuencias de lo que implica una industria cultural o cual es la cadena de valor en la cultura.  

¿Y la cobertura de la institucionalidad cultural? Lo que prima en la institucionalidad es el desmantelamiento, los despidos y los recortes. Un ente rector, el Ministerio de Cultura, que incumple desvergonzadamente los mandatos de la Ley de Cultura.  Entidades sin capacidad alguna para ejecutar y lo que es peor, con cero presupuestos de inversión. En cuatro años, 4 ministros de cultura; 7 directores del IFAIC-IFCI; 6 directores del Museo Nacional. Un director del Instituto Nacional de Patrimonio destituido por oponerse a la chatarrización del Tren de Alfaro, uno de los bienes patrimoniales más preciados y simbólicos. Y una Casa de la Cultura que, como medicante, implora un mínimo presupuesto para seguir funcionando. Una Casa ineficiente y sumida, desde hace varios años, en una honda crisis de gestión y credibilidad. Una institución caduca y sombría. Y que para renovar a sus autoridades, aprueba un reglamento de elecciones ilegal e inconstitucional, que ha despertado y movilizado a los actores y gestores culturales. 

La situación de la institucionalidad cultural es grave y apenas si ha merecido escuetas coberturas por los medios tradicionales y digitales. La cultura está tan desmantelada como la salud y la educación. Sin embargo no ha merecido espacios en los diarios y en los informativos.  Y me pregunto, ¿cuándo fue la última vez que, por ejemplo, en los informativos de televisión de la mañana se invitó a un artista o gestor para que hable de la profunda crisis del sector cultural?. 

El Taller de Periodismo Cultural nos permitió constatar que muchos periodistas culturales, a pesar de no estar ya vinculados a los medios de comunicación, están empeñados en continuar realizando coberturas. Es en lo que se especializaron -aunque este es tema de otra reflexión- y con pasión buscan otras formas  y modalidades que les permita seguir ejerciend, no solo como freelancers,  sino generando sus propios espacios, sobre todo digitales. El taller tambien permitió comprobar que los estudiantes, a pesar de todo, quieren seguir preparándose para hacer del arte y la cultura su forma de vida.

Finalmente, es necesario ejercer la autocrítica y asumir que hemos sido, de muchos modos, pacatos en las coberturas de cultura. Y me reprocho. En mi programa de radio “La Noche Boca arriba” intento ser actual, plural y tener la capacidad de generar opinión pública. Pero asumo que debemos también renovarnos y dar saltos cualitativos que mejoren nuestras prácticas periodísticas y podamos conectarnos con nuevos oyentes. Las nuevas tecnologías siempre serán un gran reto como herramientas para generar nuevos contenidos, más cercanos con los artistas y gestores y, sobre todo, responder de mejor manera a las necesidades y demandas de información de las audiencias. 

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